RESEÑA Berlín, de Jason Lutes

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El siete de junio 2017 Astiberri Editorial se hacía eco de una publicación de Jason Lutes en su cuenta de Google +. En dicha publicación, el autor norteamericano, informaba que le quedaban cuarenta y ocho páginas para acabar el tercer volumen de su obra Berlín. Este siguiente tomo tendrá el nombre de Berlín. Ciudad de luz y pondrá fin a la saga que empezó a publicarse allá por el año 2001.

Durante estos años Jason Lutes nos ha intentado relatar las tensiones que se vivieron en la ciudad de Berlín durante los decisivos años finales de la década de los veinte, a través de los ojos de un elenco de complejos personajes. Por ello echar un vistazo atrás y volver a disfrutar del primer tomo, Berlín. Ciudad de Piedras se hace imprescindible.

Ya hace bastante tiempo que el cómic Berlín. Ciudad de Piedras (2005. Asitberri Editorial) está disponible en nuestro país. Mucho se ha hecho esperar la historia narrada por Jason Lutes y que nos sitúa en la ciudad de Berlín en el período entre guerras, y que nos habla de un momento histórico poco tratado en líneas generales. De ahí su auténtico valor como forma de acercamiento a un momento y a una ciudad decisivos para los futuros acontecimientos de la humanidad. El cómic tratado como una fuente más para el estudio, la aproximación y la difusión de la Historia.

Después de la lectura de este crudo cómic se puede aseverar que hay dos personajes principales omitidos que dominan y envuelven a los protagonistas de la trama. Esos principales actores son: el tiempo y el espacio.

El tiempo en el que se desarrolla Berlín. Ciudad de Piedras trasciende y supera a los propios personajes. No es una historia que comienza con Kurtz Severing, periodista, conociendo a Marthe Müller, artista, en un tren con destino a Berlín. Es una historia de Severing conociendo a Müller en un tren con destino a Berlín en el año 1928.

Para ser más claro, la tensión y la forma que tienen los personajes de moverse y de interactuar viene condicionada por los tiempos que están viviendo. Berlín en la década de los años veinte y principios de los treinta era el laboratorio político y social de distintas fórmulas que al mezclarse generaron una reacción en cadena de consecuencias más que conocidas.

Pero curiosamente cuando en los colegios e institutos se aborda el estudio de lo que se denomina “período entre guerras” se hace de una manera superficial, y vulgar, casi transitoria entre los dos conflictos de mayor envergadura del siglo veinte, y probablemente de la historia de la humanidad hasta el momento. Los años desde el fin de la I Guerra Mundial, 1918, hasta el ascenso de Adolf Hitler al poder en 1933 no son señalados más que para referirse al auge económico mundial, los felices años veinte, y el batacazo bursátil de 1929 con la consiguiente crisis económica.

Se olvida por completo en muchos casos la importancia del conflicto social, político y económico que emergen y eclosionan durante esos años. Son los años en los que Schwart reparte la revista AIZ y es acosado por otros niños por ser judío. Son los años en los Gudrun, madre trabajadora, conoce las palabras del comunismo. Son los años en los que Otto, marido de Gudrun, se echa a las manos del nacionalsocialismo. Son los años en los que Anna se enamora de Marthe Müller. Actores enmarcados en unos tiempos, digamos que locos, en los que las tensiones de todo tipo estaban acumulando leña para el futuro incendio. Es por todo ello necesario ubicar Berlín. Ciudad de Piedras en su contexto histórico para poder entender la motivación de los personajes.

El cómic de Berlín cronológicamente nos sitúa en septiembre de 1928 en una ciudad que ha vivido mucho desde el fin de la I Guerra Mundial. Estamos en la denominada República de Weimar.

La república se instaura entre 1918 y 1919 en la ciudad de Weimar. La constitución de Weimar, elaborada por Hugo Preuss que preside la comisión, instaura una república federal, parlamentaria y democrática, cuyo presidente es elegido por sufragio directo. Un parlamento con diputados electos, Reichstag, y un cámara con representantes de los länder, el Reichsrat. El canciller, elegido por el presidente, ostentará el poder ejecutivo. Se declara un “estado social de derecho”. Friedrich Ebert es elegido presidente de la república en una coalición sostenida por la socialdemocracia, el Centro católico y los liberales.

Desde un principio hubo grupos que intentaban trabajar para el funcionamiento de la nueva república y otros grupos que querían que fracasara estrepitosamente. En este último grupo se encuadran el partido comunista alemán y el partido nacionalsocialista.

Alemania había sido humillada en el Tratado de Versalles de 1918: condenada a pagar unas indemnizaciones imposibles de asumir —gente como John Maynard Keynes (Las consecuencias económicas de la paz, 1919) ya intuían las repercusiones negativas del pago de exageradas indemnizaciones—, desarmada con su ejército reducido a cien mil hombres; y obligada a destruir sus barcos y aviones de guerra, así como la pérdida de importantes territorios.

La economía de la época estaba cambiando. Se quería abandonar el tradicional sistema del siglo XIX en favor de un sistema más dinámico propulsado por la economía norteamericana, en detrimento de la economía inglesa (todopoderosa pero hermética hasta el momento). Un sistema económico más maleable propio de la segunda revolución industrial con el auge de la energía eléctrica. El comercio, la industria y también la agricultura sufren enormes avances durante esta época y culminan en el desarrollo de una sociedad distinta y evolucionada con respecto a la sociedad anterior a la I Guerra Mundial. El cambio es tan evidente que se puede hablar de una revolución social que viene impulsada por las nuevas práctica políticas gracias al creciente poder de la oratoria personalista de figuras clave y de la incorporación de la llamada masa a la vida política de las naciones.

En Alemania el paro y la economía destruida son el germen del auge de dos formas de ver el mundo que comienzan a chocar desde el principio: comunismo y fascismo.

En 1918 Berlín asiste al levantamiento de marineros buscando el cobro del jornales adeudados, tal y como relata en un flashback el cómic, y posteriormente el KPD (partido comunista) protagoniza en la ciudad de Berlín lo que se denomina el «levantamiento espartaquista» con el fin de instaurar un régimen de tintes soviéticos y que fue aplastado por el ejército, con ayuda de los freikorps. Estos eran un grupo de antiguos militares, veteranos y jóvenes armados con inclinaciones hacia la derecha política. Las consecuencias del levantamiento fueron la represión y asesinato de algunos de los líderes revolucionarios, entre ellos Roxa Luxemburgo y Karl Lebknecht, mencionados en el cómic y tratados como mártires de la causa.

La otra cara de la moneda era para el auge del partido nacionalsocialista de Adolf Hitler.

En 1923 Alemania suspende el pago de indemnizaciones de guerra y la respuesta no se hace esperar, Francia ocupa la zona industrial de Ruhr como garantía de pago. Alemania ofrece una resistencia pasiva y los trabajadores van a la huelga. Es el momento de verdadero caos económico. La moneda alemana pierde su valor y cada vez se imprime más dinero entrando en una espiral inflacionista.

La toma francesa del Ruhr que es vista como humillante por personas como Hitler y sus seguidores, nacionalistas hasta la médula, y por ello protagonizan un golpe de estado, Putsch, en Munich. Con el apoyo del antiguo militar Ludendorff intenta tomar el control y posteriormente marchar hasta Berlín. Apoyados por las tropas de asalto se enfrentan a la policía y al ejército (que habían decidido permanecer al lado de la república). El golpe fracasa y Ludendorff y Hitler son detenidos. El militar es exculpado en respeto por su pasado en la guerra mundial y Hitler es enviado a la cárcel. Durante su cautiverio escribirá el libro llamado Mi lucha, y publicado en 1925. A pesar de ser condenado a cinco años de prisión, fue amnistiado a finales de 1924.

Tanto comunistas como nacionalsocialistas protagonizarán altercados durante los años veinte con el fin de ganar terreno unos a otros, frente a una república débil y cada vez menos apoyada.

A partir de 1924 se consigue cierta estabilidad económica, con ayuda del Plan Dawes que mejoró las relaciones entre Francia y Alemania.

En febrero de 1925 muere Friedrich Ebert y Paul Von Hindenburg es elegido presidente. Con su elección se intuye cierto auge de la derecha dentro de la sociedad alemana.

Y con todo eso se llega hasta septiembre de 1928, comienzo del cómic de Jason Lutes. Con una sociedad crispada, cada vez más polarizada hacia la izquierda y derecha extremas. Una república en la que nadie cree, una economía lastrada, desempleo; con milicias armadas y un nacionalismo rampante, junto con el antisemitismo incrustado en la sociedad alemana y la sensación de ser un pueblo humillado por agentes extranjeros.

El otro protagonista omitido del que hablamos es el espacio. La ciudad. Berlín. La ciudad que abraza y envuelve con su fría piel a los protagonistas, a sus habitantes. Una ciudad casi sin igual en la Europa del momento. Una ciudad rica cultural e históricamente, el centro de lo más interesante que estaba pasando en el continente en ese momento. Una ciudad creciente, viva que nunca dormía y en cuyo aire se respiraba la amalgama de emociones y sentimientos encontrados que hacía de esa urbe dinámica, vibrante y muy peligrosa.

Un documento visual impagable y que ayuda a explicar la ciudad es la película Berlín: sinfonía de una gran ciudad (1927, Walter Ruttmann. Se puede encontrar íntegra en YouTube) en el que podemos visualizar el escenario que recorren los personajes de la obra de Jason Lutes.

Es la ciudad del expresionismo artístico, del mito de la urbanidad como forma de convivencia humana. Es el Berlín de Gropius y de la Bauhaus. La ciudad aglutinadora que entiende que la mejor forma de aprovechar espacio es a través de la construcción de edificios con apartamentos frente a la casa individual propia del mundo rural. Los nuevos modelos arquitectónicos que transforman y modifican el rigor constructivo imperante hasta ese momento.

La ciudad en la que Severing y Müller se sienten solos a pesar de vivir rodeados de gente, y también la ciudad en la que cualquiera puede compartir cualquier tipo de inquietud cultural o política con otros seres afines.

Los protagonistas de Berlín. Ciudad de piedras caminan por este escenario, cada uno de ellos con sus propias motivaciones, pero siempre adscritos e imbuidos por la ciudad, a la que ven como un medio para conseguir satisfacer sus necesidades, bien sean una buena historia, un trabajo o un retrato.

La ciudad vista como el cúlmen de la civilización. Los años veinte del siglo XIX suponen el abandono del mundo rural frente al mundo urbano. Esto también conlleva la lectura del paso de una sociedad eminentemente agraria a una sociedad industrializada y el auge del sector servicios como dinamizador de la economía y de la cultura del ocio. Es un cambio en el estilo de vida de toda Europa y sobre todo en ciudades grandes como Berlín.

Un paso de lo rural a lo urbano cuya principal consecuencia es la inmigración desde el campo a la ciudad que engulle y se nutre de material humano para satisfacer sus necesidades de crecimiento y mano de obra. Un paso y un cambio de difícil asimilación para el inmigrante, que a veces se ve superado por las circunstancias y que dificulta su adaptación.

La ciudad está viva y crece como bien puede comprobar Gudrun cuando trabaja en una cuadrilla, y sus habitantes intentan integrarse en el nuevo modelo de sociedad que se está creando. Y la ciudad puede ser implacable con los menos afortunados, que pueden morir congelados, o que obliga a los desesperados a tener que elegir y posicionarse con cualquier modelo extremo, independientemente de si creen en él, para poder sobrevivir.

La ciudad como único espacio de desarrollo de la acción real. Este monopolio escenográfico se rompe únicamente cuando Marthe Müller se imagina a sí misma en una especie de paisaje idílico, natural y salvaje en un pasaje del cómic como forma de exaltar un sentimiento que ha surgido en ella. La realidad queda atrás, y por una vez, se siente liberada de la opresión cruda de la ciudad. Una ciudad hermosa pero dolorosa, asfixiante, casi como una prisión.

Un espacio, un escenario con su decorado inigualable, en el que se nos narra un microcosmos que trasciende la propia vida de los protagonistas y que será el germen de los futuros acontecimientos que estremecerán al mundo.

Jason Lutes narra un viaje en el tiempo para caminar junto a los diversos protagonistas por una bella y frenética ciudad, en unos tiempos extraños y duros, y darnos la oportunidad de entender y explorar las emociones humanas. Este cómic sirve de aperitivo para su continuación, Berlín. Ciudad de Humo, y que deja con ganas de que se haga realidad ese último tomo que está a punto de terminar.

Gracias a su hermoso y poderoso trazo, junto con la labor de investigación previa a la narración, tenemos la oportunidad de poder leer un buen cómic y por eso es recomendable su lectura. La trama engancha y los personajes son complejos y derrochan fuerza en sus motivaciones.

Tal vez alguno eche de menos la intensidad que da el color o incluso puede ponerse en duda si el formato o el calibre del papel elegido por la editorial es el más adecuado para la obra, pero el caso es que estamos ante un gran cómic que además ofrece la oportunidad de acercar la narración visual de acontecimientos históricos al lector, y eso lo dota de mayor valor.

Si el lector lo desea, como extensión de lo narrado en Berlín. Ciudad de Piedras, puede echar mano de otro cómic para entender las consecuencias de estos tiempos —adentrándonos más en los años treinta—. El cómic en cuestión se titula Los últimos días de Stefan Zweig de Laurent Seksik y Guillaume Sorel (2014, Norma Editorial) que narra precisamente eso, los últimos momentos de Zweig tras su huida de la Alemania nazi. Zweig, austriaco pero testigo de la república alemana de Weimar, fue un gran cronista de esa época y del cabaret como banda sonora imprescindible de una época y una ciudad llena de luces y sombras.

Sobre Juan Francisco Soler Márquez

1978. Madrid. Vivo. Trabajo cuando me dejan. Leo cómics y te los cuento. Sin antecedentes penales hasta la fecha. Aporreo guitarras. Apocalíptico sin integrar.

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