RESEÑA Assasination Blues, de Garon Tsuchiya

Assasination Blues

El siete de enero de 2018 recibimos la triste noticia del fallecimiento del gran guionista Garon Tsuchiya, célebre por ser el creador junto con Nobuaki Minegishi de una de las obras manga más importantes de los últimos tiempos, Old Boy (Madrid, 2004, Otakuland ediciones. Originalmente publicado en 1997, Tokyo, Futabasha Publishers Co).

Por desgracia, siempre tienen que ocurrir estos acontecimientos para echar la vista atrás en ensalzar la obra de los maestros que, hasta este momento, caminaban entre nosotros de manera casi anónima. Su obra, como la de muchos ya caídos, es un referente para los lectores y para los autores y quedará impresa hasta el fin de los días para nuestro uso y disfrute. Mirar al futuro y al presente en el mundo del cómic es algo bueno, los límites están para romperse. Pero echar un vistazo al pasado es necesario para no perder de vista el camino señalado por los grandes visionarios.

La obra a analizar es el cómic con el que entró de lleno en las librerías españolas a eso de mediados de los años noventa del siglo pasado, en plena explosión importadora de cómic japonés. Aquella obra fue Assassination Blues (Barcelona, 1995, Planeta-DeAgostini), cuyo título original era Live! Machine y que firmó bajo el seudónimo de Carib Marley; contando además con dibujo de Tadashi Matsumori.

Carib Marley es un autor clásico que tiene una forma artesanal de entender los guiones y se sirve del elegante dibujo de Tadashi Matsumori para completar su historia. Ambos conciben el cómic como un todo, como un trabajo en equipo, en el que cada uno debe dar lo mejor de sí mismo para crear arte, arte pop de consumo inmediato, pero arte en definitiva.

Esta edición comentada tiene la particularidad de las ediciones manga de aquellos impactantes años: se lee en sentido occidental con las viñetas colocadas al estilo europeo-americano y con un formato comic-book muy al gusto de la época. Y decimos al gusto de la época porque era el único formato en el que se vendía. La entrada del formato original japonés fue escalonada y progresiva y hoy en día no se concibe que una editorial no respete el original asiático, pero siempre habrá alguna excepción, como tampoco se conciben traducciones libres o interpretaciones dudosas de los títulos originales.

Live! Machine nos cuenta la historia de Reiji Arayama, un pianista de jazz obsesionado con Thelonious Monk (pianista de jazz del siglo XX. En 2017 se celebró en centenario de su nacimiento), y que esconde un pasado como mercenario en África.

Su anterior vida como soldado reaparece con la llegada de uno de sus antiguos compañeros de armas. Durante su periplo en África Reiji y sus compañeros se habían repartido un botín de diamantes. La intención de su antiguo colega es acabar con Reiji para arrebatar la parte del botín que le correspondió. Reiji asesina a su camarada de armas y este hecho le ayuda a sentirse mejor consigo mismo y mejora en sus habilidades con el piano.

A raíz de aquello entrará en juego un extraño limpiabotas, que en realidad es un millonario chino que se hace llamar Q, para acabar con una serie de hombres poderosos. Reiji Arayama se convierte en un asesino disfrazado de pianista de jazz

Durante el cumplimiento de su misión irán apareciendo una serie de personajes de lo más variado dentro de sus dos vidas como asesino y músico, que oscilan desde terroristas hasta grupos de música de jazz interesados en su forma de tocar el piano.

Al contrario de lo que ocurre en Old Boy, no hay demasiado diálogo y la narración se apoya en gestos, miradas o escenas para completar la narración de la historia. Marley y Matsumori echan mano de largas transiciones aspecto a aspecto, con hojas sin diálogo, para que el lector estructure la acción con escenas visuales fraccionadas.

El uso de esa forma de narrar también está presente en otro gran cómic como es Hotel Harbour View (Natsuo Sekikawa y Jiroh Taniguchi. Barcelona. 1993. Editorial Planeta-DeAgostini. Reeditado en 2017). En este cómic, que comparte a un protagonista asesino, en este caso femenino, hay largas transiciones de silencios en los que un cuidado dibujo nos meten de lleno en la acción y muestran las motivaciones y las necesidades de sus protagonistas sin pronunciar una palabra.

Para cerrar el círculo decir que Jiroh Taniguchi y Carib Marley trabajaron juntos en Blue Fighter (Título original: Ao No Senshi. 1981. Editorial Futabasha), una historia sobre la difícil vida de un luchador de boxeo.

En todos estos casos hay un protagonista en el que se exploran sus motivaciones y su actos son consecuencia de su forma de vivir.

En este tipo de cómics es importante fijarse en el estereotipo de personajes sobre los que la acción va a desarrollarse. Es una historia centrada en los personajes. Se intenta dar una visión lúcida de los motivos personales: el pianista que no puede evitar pensar en la muerte como parte de la vida y la esencia del ser humano. El empresario hecho a sí mismo que busca venganza. El terrorista con una causa que encuentra a un amigo en su enemigo. La mujer entrenada para la satisfacción sexual de hombres que se enamora… por poner algunos ejemplos. Un cómic que intenta elevar un poco la profundidad de su argumento a través de la exploración interna de las vidas que se narran.

Ya sea en diferentes géneros el personaje principal de Assassination Blues comparte características. Simplemente modifica algunas de esas características para adaptarse al género. Y es la narración o la historia en sí la que acaba por definir el terreno en el que va a jugar ese personaje.

Assassination blues fue uno de esos primeros contactos con la madurez de géneros que tiene el manga. En los noventa la balanza se inclinaba hacia todo aquello que tuviera un aire juvenil, pero afortunadamente se empezó a apostar por algunos cómics un poco más evolucionados, sobre todo en sus personajes. Una apuesta con cuentagotas, pero de gran calidad.

Live! Machine, junto con el mencionado Hotel Harbour View, es de los pocos ejemplos en esos años que vino con el aroma del cine negro, con personajes más torturados y complejos, atrapados en vidas miserables de violencia y odio. Cabe mencionar también a Crying Freeman (Kazuo Koike y Ryoichi Ikegami. 1992. Barcelona. Editorial Planeta DeAgostini) como otro de esos cómics que en los noventa tenían una temática algo más adulta. Éste era más violento y alejado de la realidad pero servía también para ilustrar otro mundo oscuro y lúgubre como es la yakuza. De hecho pocos ejemplos había por aquel entonces en el cómic sobre esa forma de entender la delincuencia. Y en el cine los intentos habían sido desde puntos de vista occidentales con películas como Yakuza (1974. Sydney Pollack), Black Rain (1989. Ridley Scott) o Sol Naciente (1993. Phillip Kaufman). Todas ellas también con personajes fríos, de pasado dudoso y con comportamientos violentos pero con el aire made in Hollywood inconfundible.

Hay una definición de personaje clásico de una historia yakuza que puede encajar en otros géneros como el negro o el policíaco: “[…] héroes solitarios con un doloroso pasado a sus espaldas, espaldas donde a muchos les ha sido grabado un no menos doloroso tatuaje. Dolor y sufrimiento en el plano físico y en el psíquico. Héroes implacables de pocas palabras y mortíferos, pero con una elegancia y un carisma que les separa visualmente de sus enemigos” (El desierto bajo los cerezos en flor: el cine de Seijun Suzuki. Introducción: Nada está en su sitio. El mundo loco de Seijun. Por Daniel Aguilar. 2001. Madrid. Festival Internacional de Cine de Gijón. Ocho y Medio, libros de cine. Ediciones Áqaba). Los protagonistas de Assassination Blues y Hotel Harbour View se reflejan y se reconocen con esa definición y enlazan perfectamente con Crying Freeman. Todos usan la violencia como catalizador de su dolor. Unos sólo quieren tocar, otros ser amados, pero todos guardan sus sentimientos en el lugar más recóndito de sus seres con el fin de que nada vuelva a afectarlos ni hacerles vulnerables.

Dibujo y guión como elementos principales de cualquier buen cómic, y si se hacen en colaboración pues el resultado puede ser óptimo. Muchos autores tienen obras intimistas que realizan de manera solitaria y el resultado es excepcional. Pero también es verdad que cuando se diversifica el trabajo es posible que la carga del mismo no sea tan pesada y los autores se vean más libres de poder dedicar un poco más de tiempo a su labor individual: dibujar bien o escribir bien.

Es innegable que la obra de Assassination Blues no llega a la cima de Old Boy. Pero es que Old Boy es un producto mascado en el tiempo con recursos probados en obras anteriores. Carib Marley no intentó crear un gran argumento. Quería explicar con la dulzura chirriante del jazz la historia de una venganza, sin grandes giros argumentales, pero creando tensión y emoción al lector. Ofreciendo un conjunto de palabras en conexión con la expresividad del arte de Tadashi Matsumori.

El valor de Assassination Blues está en la forma de contar la historia y su trasfondo para disfrutar de sus personajes. Además está el gran acierto de envolver y dotar de sonoridad a la acción usando el jazz como banda sonora. Incluso es recomendable escuchar un poco de Monk para saber de qué hablan los personajes y saber qué es aquello que los hipnotiza (hay que empezar poco a poco. Mejor con alguna actuación en vivo acompañado de otros instrumentistas. Calma, sosiego y despacito. El jazz en grandes dosis es como todo, se atraviesa y se acaba por odiar. Cuesta pero luego acaba gustando). También es cierto que los protagonistas de la historia se echa de menos el jazz verdadero, el que está en las antípodas de los salones selectos tocado por niños mimados de conservatorio (aunque para auténtica obsesión con el jazz verdadero la que sentía el profesor de música de la película Whiplash (2014. Damien Chazelle)). Ellos anhelan el jazz crudo que se hacía de pura improvisación por tipos de carácter imposible, de imponente talento etílico o narcótico; que sonaba en clubes lúgubres y cutres donde el aire era desplazado por la densidad del humo de los cigarrillos, las paredes sudaban y se olía el alcohol barato a kilómetros de distancia.

A veces mirar al pasado es bueno, y se echan de menos obras como Assassination Blues para el público que ya peina canas y disfruta con nostalgia del sabor de las viejas historias.

Sobre Juan Francisco Soler Márquez

1978. Madrid. Vivo. Trabajo cuando me dejan. Leo cómics y te los cuento. Sin antecedentes penales hasta la fecha. Aporreo guitarras. Apocalíptico sin integrar.

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